Rodríguez Braun: “Las reglas del mercado ignoran a los pobres y a los ricos”

El mercado es un sistema de reglas que no se pliega necesariamente a los deseos individuales. Sólo obliga a seguir el veredicto de la colectividad, porque el mercado es la colectividad, que refleja sus apetencias y el grado de sus necesidades en los precios, que a su vez marcan el valor de lo que ofrecemos y demandamos. Esas reglas son notablemente productivas, son lo que ha permitido la civilización y el progreso, y el hecho de que, con todos sus numerosos defectos, el nivel de vida en la Tierra sea hoy más alto de lo que nunca ha sido.

Esas reglas ignoran a los pobres. Es verdad, y también a los ricos. No ayudan al pobre por serlo, ni respetan al rico por serlo. Conforman un orden que permite la cooperación de las personas sin preguntas ni condiciones ni exigencias ni barreras. Las normas no discriminan. Y es esta no discriminación lo que hace que resulten especialmente provechosas para los pobres. El hablar de los pobres como “resultado” del mercado es un error, porque lo son porque el mercado no puede funcionar adecuadamente. La pobreza, como es sabido, no está lejos de nosotros; lo que suele estar lejos es la comprensión de los fenómenos que tenemos más cerca. Pensemos en unas personas modestas que se dedican a la venta callejera. Los marginados que en España venden La Farola en los semáforos podrían ganar más si en vez de pedir ayuda prestaran un servicio, lo que podrían hacer si en vez de La Farola vendieran Expansión o Diario 16 o El País. No lo hacen porque la regulación escrita y no escrita de la distribución de la prensa en España se lo impide. No es el mercado lo que los sitúa en tan desventajosa posición, sino una traba al funcionamiento del mercado. Estos bloqueos suelen ser particularmente perjudiciales para los más pobres.

El proceso de creación y difusión de la riqueza mediante el descubrimiento de oportunidades para profundizar la división del trabajo es tan complejo que de hecho no hay forma de contemplarlo con un solo golpe de vista. Hasta el objeto más sencillo que nos rodea ha sido producido gracias a la cooperación de numerosas personas, con frecuencia distantes y desconocidas entre sí.

La más famosa metáfora sobre el mercado, la de la “mano invisible”, hace referencia a esta característica complejidad. Por desgracia, y tal como suele suceder con las metáforas en las ciencias sociales, ha transmitido una noción equivocada, al haberse puesto énfasis en la imagen de una mano, de algo o alguien que maneja y coordina el sistema económico. En la metáfora, en realidad, lo importante es el adjetivo, no el sustantivo; lo relevante es percibir que la complejidad del orden económico moderno hace que sea imposible su control.

Pero si el mercado, que es la elección de los demás, premia y castiga, cabría argumentar que ni premia ni castiga bien. Aunque se comprenda que el mercado no es una selva brutal, hay quien cree que no por ser ordenado es justo, en el sentido de que los fuertes prevalecen sobre los débiles, las empresas grandes sobre las pequeñas, etc. Esto no es cierto, porque lo que castiga el mercado no es la debilidad sino la ineficiencia. Ambas expresiones no son en absoluto sinónimas. Es una historia repetida la de empresas pequeñas y débiles que fueron capaces de derrotar a empresas grandes y poderosas. El ejemplo de David ocurre a menudo si se deja actuar a la competencia.

Carlos Rodríguez Braun

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